Tengo cinco años. La Alcarria abriga mis desasosiegos iniciales. Intento empinar mi escaso metro a través de la ventana intrigado por los murmullos que se alistan desde el exterior. Mientras tanto, clamores y vítores se entremezclan con raídos hatillos, luces de gloria con someros bocadillos y lujosos ternos con remendados pantalones. Desde la ventana adivino astas, rehiletes, castoreños, areneros, alguacilillos y longevos aficionados de inhiestos cabellos canos absortos con emotivas faenas. Una vez más el camión de las mudanzas Cuallado emprende de nuevo el rumbo hacia la Nacional II, una ruta que ha ido dejando atrás mi añorado Mediterráneo, pilaricas, cachirulos, azucarados ladrillos y la rica miel. La llegada a Madrid en una primaveral tarde de marzo de 1966 la recuerdo con cierta ternura y nostalgia. Los niños solazan en una angosta calle de parda arena del obrero Cuatro Caminos en la que mieleros, tapiceros, gitanos de áureas trompetas y escuálidas cabras amenizan la...